El
pasado
21 de febrero conmemoramos el XXVI In
Memoriam en recuerdo de Fernando Buesa
y Jorge Díez, con el significativo
título “Compasión para transformar.
Memoria para construir. Errukia
eraldatzeko. Eraikitzeko, memoria”.
Los
conceptos
de compasión y de memoria fueron los
ejes sobre los que giraron las
intervenciones de este acto
conmemorativo a través de las
reflexiones serenas y conmovedoras
de Sara Buesa y Ajejandro
Ruíz-Huerta, acto conducido, un año
más, por la periodista Eva Domaika,
siempre comprometida con la causa de
las víctimas de la injusticia y, en
especial, con las víctimas del
terrorismo.
Sara
Buesa,
en una emotiva primera intervención,
recordó cómo la violencia puede
cambiarte la vida con una fuerza
devastadora que provoca un intenso
dolor, un fogonazo que permanece
siempre en el recuerdo, pero que no
debe evitar que la vida siga con
proyectos e ilusiones de futuro.
Interpeló a las personas que
asesinaron a su padre, citándoles
por su nombre, a los que
recientemente se les ha concedido el
tercer grado penitenciario, y deseó
que su estancia en la cárcel les
haya llevado a realizar un proceso
de reflexión sobre el inmenso daño
causado a sus víctimas. Lamentó la
falta de empatía de una parte de la
sociedad vasca que revindica los
derechos de los victimarios presos,
olvidando el dolor de las víctimas
de sus acciones.
Sara
abogó
por la necesidad de un gran abrazo
social, que permita construir
comunidad, superando la polarización
de “tribus” encastilladas en
criterios identitarios excluyentes.
Se necesita una comunidad
integradora, basada en los derechos
humanos y, en palabras de Fernando
Buesa, en la condición de
ciudadanía.
Los
conceptos
de compasión y memoria fueron el
hilo conductor de un diálogo sincero
que posteriormente se llevó a cabo
entre Sara Buesa y Alejandro
Ruiz-Huerta. Alejandro es un
sobreviviente de la matanza de los
abogados laboralistas de Atocha, en
la que el propio Alejandro prefiere
denominar la noche de Atocha.
Ruíz-Huerta
acaba
de publicar un libro imprescindible,
titulado “Violencia. Compasión.
Memoria. Una reflexión particular”,
que permitió introducir elementos de
debate al diálogo que se desarrolló
entre ambos. Se incorporó una mirada
sobre los convulsos años de la
Transición, con sus distintas
expresiones de violencia, y de
ilusiones y compromiso democrático,
en la que el zarpazo asesino de
Atocha generó un recuerdo imborrable
y congelado, un dolor que no se va
nunca, y que Alejandro ha tratado de
sobrellevar con la ‘noviolencia’,
escrita así como una palabra única,
un modo casi ghandiano de
reconstruir una vida rota por la
barbarie. La ‘noviolencia’ es algo
más que decir no a la violencia,
exige mucho coraje y trabajo
personal para superar sentimientos
agresivos.
Sara,
por
su parte, nos recuerda cómo
Ruíz-Huerta en su libro, señala que
la democracia está siempre en
período de prueba y que es necesario
profundizar activamente en los
principios democráticos. Esta
profundización democrática, que
acometen cada día Sara y Alejandro,
se basa, como ya hemos señalado, en
dos elementos clave, la compasión y
la memoria. El filósofo Rafael
Argullol defendía que la compasión
es la mayor revolución, que implica
el reconocimiento del otro, y que
todos somos iguales en nuestra
condición humana.
La
compasión
no es un concepto melifluo,
“blandito”, por el contrario, exige
mucho valor personal. No se trata de
una mirada piadosa, de
conmiseración, sino que requiere de
un carácter activo para asumir el
dolor del otro. La compasión es
revolucionaria porque rompe con la
lógica de la violencia y basa su
fuerza en valores democráticos. Las
víctimas del terrorismo han dado un
ejemplo de cómo reconstruir sus
vidas sin odio, sin respuestas
vengativas, rechazando la violencia.
Esta
mirada
compasiva se debe extender, incluso,
a las personas que asesinaron a los
seres queridos. Es una tarea vital,
enormemente complicada, poder
superar sentimientos de
resentimiento y odio,
sustituyéndolos por impulsos
positivos y éticos. Alejandro
Ruíz-Huerta nos recordaba lo difícil
que es hacer este ejercicio personal
cuando los asesinos de Atocha, todos
los 24 de enero, celebraban en la
cárcel el aniversario de la matanza
con una mariscada. Se trata, sin
duda, de tender puentes entre las
dos orillas del dolor, pero como
acertadamente nos recordó Osvaldo
Puccio en un In Memoriam anterior,
que para poder tender puentes hace
falta desandar caminos.
Además
de
la mirada compasiva hay que
incorporar la idea de la memoria,
una memoria democrática e
integradora. La memoria es esencial,
porque en palabras de Ruiz-Huerta,
la memoria conforma nuestra propia
identidad. Una memoria democrática
tiene que ser común, colectiva,
porque las víctimas son de todos. Es
preciso superar el binomio
víctimas-ideología, porque trabajar
por una memoria colectiva es una
obligación ética. La memoria, como
la democracia, hay que actualizarla
día a día, hay que mantener” la
memoria en vilo”, o en palabras de
Yago Mellado “la memoria en acecho”.
Este
fructífero
diálogo terminó con una referencia
al emblemático cuadro de Juan
Genovés “el abrazo”. El abrazo como
símbolo relevante de compromiso,
como signo de fraternidad.
El
acto
finalizó con la expresión artística
del grupo de danza vitoriano
‘Noralai’ en un espectáculo titulado
“Compartiendo valores, unamos las
grietas”.